www.Buenos Aires

.com.ar
tu próximo destino
Parcialmente nuboso
Lowest 9°Cº Highest 15°Cº
Saturday 19, July 2008
Buenos AiresWho we areContact Us
Ciudades.com  con la colaboración de
Buenos Aires Argentina
( Versión en Español )
Buenos Aires Argentina
( English Version )
Vacaciones Invierno 2008
Buenos Aires Premium
Hotéis * * * * *
Hotéis * * * *
Hotéis * * *
Hoteles Boutique
Aparts Hotels
Promociones
Estancias (Fazendas) y Resorts
Servicios para eventos
Spa
Departamentos
Hoteles Económicos
Hoteles 2 estrellas
Hoteles 1 estrella
Bed & Breakfast
Hostels
Hostels Recomendados
Residencias Universitarias
Locadoras de Carro
Tigre - Delta
Costa Atlántica
Sierras
Pacotes
Excurções Locais
Escapadas weekend
Transporte
Tours
Agenda de Eventos
  COMMERCIAL GUIDE
Restaurantes
Entretenimiento Nocturno
Shopping
Diseño y Decoracion
Bares y Pubs
Deliverys
  SAÍDAS
Tango Shows
Cena Show
Sobre Tango
  INFORMAÇAÕ GENERAL
Emergencias
Moneda
Tempo
Historia
Historias de Buenos Aires
Teléfonos útiles
Embaixadas e Consulados
Cartões
Idioma
  SERVICIOS
Cocodrilo Bs As
Lujurias
  EDUCACION Y CULTURA
IBL, Escola de Espanhol
Elebaires Spanish School
Buenos Aires Spanish School
Join Us Spanish and English School
  More Destinations
Mexico
México
Acapulco
Guadalajara

Argentina
Mendoza
Córdoba
San Luis
San Juan
Miramar
Chacras de Coria

Chile
Santiago de Chile
Viña del Mar
Language: Portuguese

Historia

LA PRIMERA FUNDACION

En 1516, Juan Díaz de Solís fue el primer europeo que avistó el río de la Plata, al que bautizó Mar Dulce. Además de un paso al Mar del Sur (océano Pacífico), creyó ver en sus fangosas aguas una vía de acceso a las fabulosas riquezas de los reinos de Tarsis, Ofir y Cipango, que, según las leyendas desbordantes de oro y plata, se levantaban hacia el Noroeste. Su intento de desembarcar en la margen oriental del río le costó la vida a manos de los indios charrúas.

Cuatro años más tarde, los expedicionarios al mando de Hernando de Magallanes incursionaron por el entonces rebautizado Mar de Solís y comprobaron que el río de la Plata no conducía al pacífico ni a ningún futuro áureo. No obstante, en 1526, con renovado optimismo, Sebastián Gaboto volvió a estas márgenes y estableció el que sería nombre definitivo de las aguas: río de la Plata. Retornó a España convencido de que este río era la vía segura hacia la mítica Ciudad de los césares. Unas pocas muestras de oro y plata que obtuvo de los indígenas y que llevó consigo bastaron para convencer a la Corona española de que el río de la Plata no llevaría este nombre en vano.

La monarquía española envió entonces a Pedro de Mendoza, con el título de adelantado del Río de la Plata, con la orden de hacer pie en estas tierras, cosa que hizo el 2 de febrero de 1536, Riachuelo de los Navíos, un asiento fortificado al que denominó Puerto de Nuestra Señora Santa María de Buenos Ayres.

La tranquila convivencia de los primeros días con los querandíes pronto se transformó en creciente hostilidad. El 24 de junio, la primitiva Buenos Aires fue sitiada por miles de indígenas. Ulrico Schmidel, soldado bávaro y primer cronista de la ciudad, recuerda que “la gente no tenía qué comer y se moría de hambre". La situación fue tan terrible y el hambre tan desastroso que no bastaron ni ratones, víboras y otras sabandijas; tuvimos que comer hasta los zapatos y cueros...”

El cerco se extendió durante dieciocho meses. Finalmente, en 1537, enfermó de sífilis, Mendoza decidió regresar a España, dejando en Buenos Aires una guarnición de 100 hombres. En alta mar lo sorprendió la muerte y su cuerpo fue arrojado al agua.

Los que quedaron en Buenos Aires lograron inclinar la situación a su favor. Francisco Ruiz Galán, al mando del asentamiento, hasta realizó”con sus propias manos” la primera siembra de maíz. Sin embargo, por órdenes del capitán Domingo Martínez de Irala, a mediados de junio de 1541, Buenos aires fue deshabitada. Bajo el renovado acoso de los indómitos indígenas, sus pobladores se trasladaron a Asunción.

Dentro de una calabaza forrada en cuero, que fue enterrada al pie de la cruz de madera, Irala dejó claras instrucciones para quienes intentasen otra vez asentarse a orillas del río de la Plata: “Si hiciesen pueblo, hazlo de cercar de palizada o cerca, de manera que no puedan quemarlo de noche los enemigos o no los coman los tigres, que hay muchos”.

LA SEGUNDA FUNDACION

En 1580, el vasco Juan de Garay, con el cargo de alguacil mayor, 64 hombres y una mujer llamada Ana Díaz, más “mil caballos, quinientas vacas y otros ganados menudos”, descendió desde Asunción por el Paraná; donde hoy es Plaza de Mayo, el 11 de junio, plantó el “árbol de la justicia” y, sobre un cuero de vaca, trazó el plano de la nueva Buenos Aires a la que llamó Santísima Trinidad, conservando para el puerto el antiguo nombre de Buenos Aires. Ocho días más tarde, la carabela San Cristóbal de Buenaventura, zarpó de la ciudad rumbo a España para dar cuenta de la nueva fundación. El 17 de octubre de ese año, fueron asignados los ejidos a los nuevos pobladores de la ciudad, cuya planilla cubría 250 manzanas (40 para viviendas y el resto para huertas), de 140 varas por lado cada una, y separadas por calles de 11 varas de ancho.

MONOPOLIO Y CONTRABANDO

Con la mirada fija en Perú, fuente de materiales y piedras preciosas, para la corona española Buenos Aires no revestía gran importancia.

Por lo tanto, durante dos siglos, la ciudad estuvo regida por una severa legislación que prohibía el libre comercio, dentro y fuera del puerto. Las mercancías, que eran enviadas desde España a Buenos aires pasaban primero por el Caribe hasta Panamá; de ahí por tierra llegaban hasta el Pacífico para ser trasladas por barco hasta Lima, y, finalmente, tras recorrer miles de kilómetros en carretas tiradas por bueyes, llegaban al Río de la Plata. Por supuesto, la mercancía, costaba en la ciudad mucho más cara que en España. Además, los ataques de los indios a los transportes que bajaban desde el Perú, dejaban a Buenos Aires sometida a largos periodos de desabastecimiento.

La respuesta lógica fue el contrabando. Se encargaron de fomentarlo los portugueses, rivales históricos del Imperio español, y constituyó un negocio, que luego capitalizó Inglaterra, la nueva potencia emergente en Europa. Entre tanto, la sociedad colonial, que iba enriqueciéndose a espaldas de la legislación vigente, estaba regida por los españoles y los criollos blancos, clase que se superponía a otros segmentos más amplios de la población, integrados por mestizos que en general eran artesanos y agricultores. Las condiciones sanitarias eran más que deficientes. En 1605 tuvo lugar la primera gran epidemia que asoló a Buenos Aires. Un contingente de tropas comandadas por Antonio Mosqueras, trajo el virus de la viruela, y lo propagó a los porteños. En contados días, sucumbieron más de 500 personas, en su mayoría mestizos e indios, hasta tal punto que la ciudad quedó desprovista de sirvientes y mano de obra. Según un cronista, las esposas e hijas de los españoles, “debían ir por sí misma a buscar agua al río”. Las dos grandes plagas de la ciudad eran las hormigas y los ratones: por obra de las primeras, se venían abajo las paredes de adobe, y los segundos, eran un castigo incontrolable.

Pese a todo, en 1680, al cumplirse el centenario de su fundación, Buenos Aires ya estaba habitada por unas 5.000 personas y terminó de levantar su primer edificio de ladrillo; el resto seguía siendo de adobe, madera y paja. La educación estaba en manos de la Iglesias, y la vida diaria pautada por las celebraciones religiosas, transcurría entre misas, siestas, paseos vespertinos, corridas de toros, partidas de billar y riñas de gallos. Más allá de las huertas, comenzaba el mundo hostil del indio.

Todos los recursos que implementó España para controlar el comercio ilegal no impidieron que, al promediar el siglo XVII, buenos Aires se convirtiese gracias al contrabando en uno de los grandes centros comerciales de América del Sur.

La fundación por parte de los portugueses de Colonia del Sacramento, en la margen oriental del río, en 1680, se convirtió en otra vía de tráfico para el contrabando.

Las artimañas de los porteños y de los barcos no españoles para burlar el control eran numerosas: muchos navíos holandeses, franceses e ingleses, pretextaban accidentes ocasionados por las engañosas “vías de aguas” del Río de la Plata para atracar cerca del puerto; por la noche, el desembarco de las mercancías era intenso. Era habitual que los funcionarios del puerto, de acuerdo con los capitanes de los barcos, confiscaran una parte de la carga para luego revenderla. Buenos Aires se convirtió en un importante centro del tráfico de esclavos, que eran alojados en galpones en lo que hoy es Retiro.

Pero el espaldarazo económico definitivo fue la venta de cueros a una Europa que, embarcada en interminables guerras, necesitaba de la piel de vacuno criollo para equipar a sus soldados. Así se fue perfilando una insipiente burguesía local, cuyo sueño, por supuesto, era desembarazarse de la colonia española.

BUENOS AIRES VIRREINAL

España no tuvo más remedio que aceptar la importancia económica y estratégica del Río de la Plata.

El 1776, la reciente instalación de una base militar inglesa en las islas como puente para acceder al pacífico y atacar a Perú, aceleró los planes de la corona. Ese año, el primero de agosto, una Cédula Real firmada por Carlos III designó a Buenos aires como capital de un nuevo virreinato, cuyos territorios se extendían hasta lo que hoy es Bolivia, Paraguay, Uruguay, de parte del Chile, y del Brasil actual. Así nació el Virreinato del Río de la Plata. El primer virrey fue Pedro de Cevallos, cuya tarea inicial fue arrebatar a los portugueses Colonia del Sacramento. Al regresar de la Banda Oriental, el Cabildo de Buenos Aires lo agasajó con un “convité” que duró tres días seguidos, amenizado con una orquesta de 14 músicos. Por aquel entonces, la población era de 20 mil habitantes, y, según el testimonio del viajero Alonso Carrió de la Vandera (concolorcorvo), los hombres se vestían como los “españoles europeos” y las mujeres eran “las más pulidas de todas las americanas españolas, comparables a las sevillanas...”. Y agregaba: “He visto un sarao al que asistieron 80 mujeres vestidas y peinadas a la moda, diestras de la danza francesa y española”.

LA GRAN ALDEA

Juan José Vertiz, el segundo virrey, antes de Cevallos, ya había desarrollado una gran acción modernizadora como gobernador. Aceleró la transformación de Buenos Aires, ya imparable: se empedraron e iluminaron las primeras calles, se construyeron un orfanato y un hospital, y nacieron algunos teatros. Incluso numerosos profesionales metropolitanos optaron por radicarse en una ciudad en la que no sólo era posible hacer fortuna sino que además, aunque al filo del siglo XVIII, ya contaba con 8 iglesias y una catedral, permitía respirar mayor aire de tolerancia y modernidad. La introducción de comercio libre, con puertos españoles y otros del Imperio, estimuló la exportación: entre 1790 y 1794, en sólo cuatro años, salieron de Buenos Aires para Europa 3,5 millones de cueros vacunos. El aumento de las rentas virreinales en el intercambio interno y externo posibilitó la cobertura de los gastos públicos y la acumulación de saldos favorables. Sin embargo, a pesar de las concesiones realizadas por España, el monopolio metropolitano pedía un mayor desarrollo de la ciudad de Buenos Aires y estimulaba las ansias de autonomía de los porteños.

Por otra parte, el dominio absoluto de los mares de Inglaterra, consolidado a partir de la victoria a Napoleón en Trafalgar, terminó por trastocar el panorama. El ministro ingles William Pitt, se planteó la apertura de los mercados hispanoamericanos mediante expediciones militares. En este marco ocurrieron las dos invasiones inglesas llevadas a cabo contra Buenos Aires en 1806 y 1807. La resistencia protagonizada por los hijos de la ciudad demostró que estos ya estaban en condiciones de autogobernarse. Como señaló Manuel Belgrano, la opción de los porteños era “tener el antiguo amo o ninguno”. El pueblo que había derrotado a las dos invasiones británicas e impuesto la destitución del virrey Sobremonte, por su discutida retirada durante las mismas, y la designación de Liniers como jefe militar, no aceptaría ya un retorno al antiguo orden.

El derrumbe de la monarquía española ante la invasión napoleónica de la Península allanó el camino. El 25 de mayo de 1810, el pueblo de Buenos aires decidió su destino; tres meses más tarde el diario norteamericano Salem Gaceta, bajo el título de Revolución en Buenos Aires, afirmaba: “Hay un nuevo gobierno provincial (en buenos Aires) que ha jurado fidelidad a Fernando VII y que continuará solamente hasta su restitución en el trono, pero, en realidad, sin duda alguna, con miras a una completa independencia”. El pronóstico fue acertado.

LA INDEPENDENCIA

El 19 de julio de 1816 llegó a la ciudad Juan Martín Pueyrredón, con la noticia de que 10 días antes, en Tucumán, había sido proclamada la independencia. El júbilo popular fue inmenso, pero la verdadera celebración se realizó el viernes 13 de septiembre de 1816, cuando la Independencia Nacional fue proclamada en la Plaza de la Victoria.

El cierre definitivo de ese período glorioso del país y de la ciudad el 2 de mayo de 1825, cuando el Agós informó a los porteños que “terminó la porfiada lucha que por torrentes ha vertido la sangre de vuestros hijos. No existe un solo enemigo sobre la tierra de Colón. La patria es libre”. Francisco A. De Olañeta, el último jefe realista que resistía en el Alto Perú había sido muerto en una escaramuza con las tropas patriotas.

DE LA INDEPENDENCIA HASTA HOY

Tras la independencia el extenso territorio del virreinato del río del a Plata comenzó a desmembrarse. Pero solo Bolivia, Uruguay y Paraguay siguieron camino propio sino que también las provincias comenzaron a reclamar mayor autonomía de Buenos Aires. Los comerciantes porteños consideraban altamente beneficiosos abrir el país entero al libre comercio, pero se olvidaban del daño que ello acarrearía a las distintas economías regionales del interior. Obviamente Inglaterra supo capitalizar este olvido: los tejidos fabricados en Manchester eran más baratos que los ponchos de lana que los tucumanos y catamarqueños, así como los cuchillos de Sheffield resultaban más económicos que los facones jujeños.

La presidencia de Rivadavia significó muchos avances progresistas.

para la ciudad, desde la renovación neoclásica de la literatura y la creación del primer cementerio público, es lo que hoy son los terrenos de la Recoleta, hasta la fundación del primer banco, el Bancos de Descuentos. Sin embargo del calor de las cada vez más intensas relaciones con Inglaterra, comenzó a perfilarse una imagen de Buenos Aires que aún perdura: la de una ciudad que mira hacia fuera y da la espalda al interior del país.

En definitiva, si los habitantes de la ciudad eran porteños era porque tenían en sus manos el puerto, llave maestra de un país que iría adoptando como esquema de crecimiento el modelo agroexportador bajo el liderazgo de una pampa húmeda que comenzaba en los ganados y las mieses y culminaba en las dársenas del pueblo

La gente del interior, embanderada en federalismo, se levantó contra Buenos Aires, identificada con el ideal unitario y se sucedieron años de guerras, asesinatos, alianzas y tradiciones, hasta que arribó al poder Juan Manuel de Rosas, proclamado gobernador de Buenos Aires en 1829.

El más polémico de los caudillos sería para los unitarios el “Calígula” del río de la plata; para los federales en cambio, el restaurador de las leyes. La polémica histórica todavía continua y apasiona a los argentinos.

De todos modos pese al exilio de los jóvenes – Echeverría, Alberdi, Mármol, Sastre- en Montevideo y a los excesos de la mazorca rosista, la vida de la ciudad no cambió esencialmente durante los largos años que duró el gobierno de rosas. Eso sí, quedó demostró que buenos Aires podía ser la capital de la república aunque en 1860 cuando Bartolomé Mitre juró como gobernador y aceptó la constitución nacional reformada los porteños, empezando por el propio Mitre, siguiesen considerando a su ciudad como sinónimo del país.

LA FEDERALIZACION

A finales de 1876, el mismo año en que se inauguraba el hipódromo y a Buenos Aires arribaba el primer barco frigorífico transportador de carne congelada, una incursión de indios irrumpió la línea defensiva de los fuertes y llegó a 250 kilómetros del puerto. El general Julio Argentino Roca decidió poner fin a esta situación. El resultado de su llamada Campaña del Desierto, que alejó a los malones del horizonte porteño, fue la ampliación de la pampa húmeda, lo que dio el espaldarazo final al modelo agroexportador. De este modo, aunque la federalización de la ciudad de Buenos Aires se dio efectivamente el 20 de septiembre de 1880, cuando el Congreso Nacional aprobó la ley propuesta por Nicolás Avellaneda, Buenos Aires, la ciudad-puerto, se afianzó como epicentro económico, político y social de la Argentina.

Sin embargo, la ampliación de las tierras cultivables demandaba más mano de obra. Así adquirió presencia permanente en las calles de Buenos Aires un nuevo personaje: el inmigrante. Procedentes en su mayor parte de Italia y España, estos hombres cambiarían para siempre la fisonomía de la ciudad, no sólo por sus idiomas y hábitos particulares, sino como portadores de una nueva sensibilidad y de ideologías que, hasta ese momento y pese al Dogma Socialista de Echeverría, no habían echado raíces en el Río de la Plata.

TANOS, GALLEGOS, RUSOS...

En su mayoría, aunque estaban destinados a convertir en riquezas las extensiones heredadas de la campaña militar de Roca, los inmigrantes terminaban quedándose en la ciudad. Por un lado, no tenía dinero para comprar tierras; por otro, el modelo agroexportador también los necesitaba para el tendido de vías férreas que acercaban los productos del interior hasta los barcos, o a las fábricas fraccionadoras de carne y cereales. Desde una antigua caballeriza convertida en Hotel de Inmigrantes, comenzaron a salir trabajadores urbanos que, con el tiempo, también se convertirían en pequeños comerciantes, tenderos, maestros, empleados de banco, y conformarían las capas medias de la ciudad. En 1910, los festejos del centenario de la Independencia se celebrarían en una Buenos Aires transformada en la ciudad más grande de América Latina y en la segunda del continente después de Nueva York.

Las famosas “200 familias”, se beneficiaban con exportación del campo, solían tener, al decir de Arturo Jauretche, “el bolsillo en Londres y el corazón en París. De acuerdo con esta óptica particular, las estaciones ferroviarias de Retiro y Constitución se construyeron según el modelo de las británicas de Londres y Liverpool, pero los bosques de Palermo se remodelaron a imagen y semejanza del Bois de Boulogne y, posteriormente, la avenida 9 de Julio, como los Campos Elíseos de París. Con el tiempo, mientras frente a la Plaza San Martín, Ortiz Basualdo, los Anchorena y los Paz levantaban sus palacios, los coches tirados por caballos cedían paso a los tranvías eléctricos y, sólo, 10 años después que en Nueva York, buenos Aires contaba con una línea de subterráneos. Eso sí, el crecimiento urbano tendría un precio inesperado: en 1909, cuando se terminó de construir la usina de Dock Sur, una de las más grandes del mundo, un atentado acababa con la vida de Ramón Falcón, el jefe de policía. El progreso de Buenos Aires, cuya población ya superaba el millón de habitantes, también implicaría el surgimiento de nuevos protagonistas y conflictos sociales.

LOS AÑOS LOCOS

El 1916, la institución del sufragio universal masculino, debido a la ley Sáenz Peña, de 1912 (las mujeres deberían esterar hasta 1952...) permitió el acceso al gobierno del radicalismo, fuerza que, desde 1890, intentaba aglutinar a los nuevos sectores sociales surgidos al calor de la transformación económica del país. El “peludo” Hipólito Yrigoyen, muy introvertido y hosco para ser un orador brillante pero gran organizador, fue el encargado de llevar a la Casa Rosada las ansias y las reivindicaciones de las capas medias. Su gobierno encarnó muchas transformaciones sociales y también contradicciones como la de 1919, cuando mediante la más dura represión convirtió las huelgas obreras de los Talleres Vasena en lo que se recuerda como la “Semana Trágica” porteña: las fuerzas policiales y militares, reforzadas por “señoritos”, se lanzaron a la caza de “bolcheviques” en los “barrios bajos” de la ciudad.

Pese a todo, buenos Aires seguía próspera y pujante, hasta convertirse en la capital cultural de América Latina. El teatro Colón era la meca de los héroes del “bel canto” y del ballet mundiales, revistas literarias como Martín Fierro difundían el quehacer de las vanguardias europeas y hasta pensadores de la talla de Ortega y Gasset recogían en sus calles “los ecos de Emmanuel Cant”, por aquello de Crítica y La Razón, que voceaban los canillitas en un juego de palabras que remedaban la Crítica de la Razón Pura del célebre idealista alemán. Se inauguró el estadio de River Plate, en la avenida Alvear, hoy Libertador, y Tagle, y el Boca Juniors, en Brandsen y Del Valle Iberlucea, en el mismo solar donde luego se levantaría la Bombonera. Hasta el tango, tras los éxitos en los salones de país, quedó oficializado en Buenos Aires. Bastaría para ello que, en 1917, en el teatro Esmeralda, el Zorzal Criollo, diera forma definitiva a Mi Noche Triste...

Los perfiles de Buenos Aires quedaron definidos: la calle Florida se convirtió en un centro comercial; Corrientes, en la calle de los cabaret, los cafés y los bailes; al norte de la Plaza de Mayo, la zona de los bancos y las transacciones financieras; el Bajo, cerca del puerto, en territorio de “piringundines”. Más allá estaban los barrios, donde vivía la clase media y el proletariado, y mucho más allá, el interior, las provincias, la Argentina postergada.

UN BOSQUE DE CHIMENEAS

Dos años después de que Hipólito Yrigoyen volviese a la Casa Rosada, el 6 de septiembre de 1930, un grupo de militares encabezados por el general José Félix Uriburu decidió el primer golpe de Estado de la historia argentina contra el orden constitucional y, de este modo, puso fin al sueño de progreso indefinido. Los ecos de “crack” que había estallado en la bolsa de Nueva York un año antes de este modo llegaban al Río de la Plata.

A todo esto Buenos Aires ya era una ciudad industrial. Las diversas crisis internacionales, como la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda (1939-1945) que luego sobrevendría, no harían más que estimular el desarrollo de una industria nacional destinada a abastecer sustitutivamente al mercado interno de las manufacturas que dejaban de fluir desde Europa y Estados Unidos. Después de los gobiernos conservadores, acuñados bajo escandalosos fraudes, tras el gobierno militar de Uriburu, una nueva composición de clases y sectores sociales esperaban una nueva expresión política que las representase, así como el radicalismo lo había hecho después del Centenario. Esta vez, las caras extrañas no llegarían a Buenos Aires desde el otro lado del océano, sino del interior, a través de un complejo proceso de migraciones internas que llevaría a más de la mitad de la población del país a vivir en una Capital desbordada por un Gran Buenos Aires poblado de chimeneas y villas miseria. Había llegado la hora del peronismo y de sus dos protagonistas principales: el general Juan Domingo Perón y la popular Evita. El 17 de octubre de 1945, las masas que se movilizaron en defensa de su líder cambiaron para siempre el rostro de la ciudad. Buenos Aires ya no sería más la urbe patricia que soñaron los hombres del ´80, ni lo que imaginaron los hombres de Yrigoyen. Sería una ciudad de tez morena y multitudinaria.

DICTADURAS Y DEMOCRACIAS

El derrocamiento militar del segundo gobierno peronista en 1955 fue un intento de retrotraer la historia a superadas etapas del pasado. En general, los sucesivos gobiernos civiles y militares que siguieron a la Revolución Libertadora, no sólo agravaron la situación económica, sino también la política. La ciudad de Buenos Aires acusó recibo de este proceso a través de un penoso deterioro urbanístico además de gradual y no menos alarmante empobrecimiento de amplias capas de su población.

El golpe militar de marzo de 1976 fue la culminación de este colapso institucional del país, ya que se inició un periodo caracterizado por el Terrorismo de Estado. Ni la celebración en Buenos Aires de la final del campeonato Mundial de Fútbol en 1978 ni el trazado de autopistas a través de la ciudad lograron suavizar las trágicas aristas del llamado Proceso de Renovación Nacional. En 1983, la recuperación de la democracia abrió un nuevo tiempo de esperanzo en la historia argentina.

 
Contact

Name
Surname
e-Mail
Request
e-Mail
Contact Form
Central de Reservas
Fax
0054 11 523 88 123
525 60 357/358
Our offices
Juncal 1396 7º E
 
Vacaciones Invierno 2008 | Buenos Aires Premium | Hotéis * * * * * | Hotéis * * * * | Hotéis * * * | Hoteles Boutique | Aparts Hotels | Promociones | Estancias (Fazendas) y Resorts | Servicios para eventos | Spa | Departamentos | Hoteles Económicos | Hoteles 2 estrellas | Hoteles 1 estrella | Bed & Breakfast | Hostels | Hostels Recomendados | Residencias Universitarias | Locadoras de Carro | Tigre - Delta | Costa Atlántica | Sierras | Pacotes | Excurções Locais | Escapadas weekend | Transporte | Tours
 

Operador Responsable de Programas y Paquetes: 
Interactiva Viajes . Legajo 11993 Disp. 327/04.
Publicidad de alojamiento provista por Hoteles aunciantes de www.buenosaires.com.ar.
Tecnología: Brokers Interactive S.A.
www.buenosaires.com.ar es un sitio privado comercial (.com) de Buenos Aires, Argentina (.ar) ® 2003

TÉRMINOS Y CONDICIONES - POLÍTICAS DE PRIVACIDAD